Cada vez que veo como le dan un bofetón(o algo más) al niño, le digo que no me gusta, que no creo que esa sea la solución. Y ella , con lágrimas en los ojos, me dice que ya lo sabe ,pero hasta tal punto ha llegado su desesperación ante el chiquillo (no obedece a ningún razonamiento) que la impotencia les hace comportarse así...

Me viene a la mente, cuando en casa de pequeños, éramos tres, y a veces armábamos tal revuelo que mis padres(los adoro) nos regañaban, y cuando seguíamos sin obedecer, mi madre sacaba la zapatilla y nos azotaba, con dulzura, pero bien fuerte, hasta tal punto que se ganó el apelativo de “manos largas” y un año para navidades le regalamos unas pantuflas de tela... Mi padre, casi no intervenía en las represalias cotidianas, y sólo lo hacía cuando el asunto era muy grave. Una noche, mi hermana menor y yo , no nos dormíamos y estábamos de cháchara. Mi papá nos avisó, pero nosotros dos ni caso. Se levantó y nos dio un ultimátum, pero ella y yo como si nada. Al final empezó suavemente a darnos con el cinturón. La niña empezó a llorar, y mi padre la dejó tranquila. Pero yo no lloraba(no sé), y él cada vez me pegaba más fuerte, y yo le decía “no em fas mal” (“no me haces daño”) y él venga a darme con el cinto, pero yo con los ojos lagrimosos , la voz entrecortada y riéndome le repetía “no em fas mal”, y a cambio recibía los latigazos con más furia... pero yo no callaba. Así un buen rato,hasta que se cansó, vio que conmigo no tenía nada que hacer y se fue....Y yo , aunque dolorido y molido, tenía una sensación agridulce de victoria...